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5 consejos para fomentar el hábito de lectura

5 consejos para fomentar el hábito de lectura

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Por Mercedes Carbonell Peláez

Hace poco, en los pasillos de una feria del libro organizada por un Poder Judicial —cuyo nombre omitiremos, aunque podría ser prácticamente cualquiera del país— escuché a un litigante decir: “Si no leo ni el expediente completo, ¿cómo creen que voy a leer un libro entero?”.

Más allá del evidente incumplimiento de una responsabilidad profesional, la frase también refleja una dificultad real para leer de manera sostenida. Esperando que no se trate únicamente de apatía o falta de profesionalismo, esa dificultad puede estar relacionada con el cansancio, la falta de tiempo, la sobrecarga de trabajo y los problemas de concentración que aparecen después de pasar buena parte del día entre documentos, correos, audiencias, reuniones y mil y un pendientes.

Por eso, promover el hábito de la lectura no debería plantearse como una exigencia más ni como una competencia para saber quién lee más libros al año. Se trata de encontrar formas realistas de incorporar la lectura a nuestra vida cotidiana y sostenerla en el tiempo. Bajo esa lógica, aquí comparto cinco consejos.

Para construir un hábito, ayuda más establecer una meta específica que hacer una promesa general. Decir “quiero leer más” suele ser demasiado ambiguo; en cambio, proponerse leer entre 10 y 15 minutos al día es una meta clara y alcanzable.

La idea es ser concretos, pero no exagerados. Plantearse leer tres horas diarias probablemente no sea compatible con la mayoría de las rutinas y puede llevarnos a abandonar el objetivo más pronto que tarde. Es mejor comenzar con un periodo breve que realmente podamos sostener.

Habrá días en los que podremos leer más y otros en los que apenas cumpliremos esos minutos. Lo importante es combinar la constancia con cierta flexibilidad y entender que la consistencia a largo plazo importa más que la intensidad ocasional.

No siempre tenemos la misma energía ni el mismo nivel de concentración. Tal vez un día podamos leer un libro académico complejo, pero al siguiente prefiramos algo más ligero como una novela o un ensayo breve.

Tener distintas opciones evita que la lectura se convierta en una obligación rígida. También permite elegir de acuerdo con el momento, el interés y el cansancio de cada día.

Leer no significa únicamente estudiar para una clase o mantenerse al día con las reformas legales. La ficción, la historia, el periodismo, la poesía y otros géneros también amplían nuestra mirada, y nos acercan a experiencias distintas de la propia.

A veces esperamos encontrar el momento perfecto para leer: una tarde libre, una habitación silenciosa y varias horas sin interrupciones. El problema es que ese momento puede tardar demasiado en llegar.

También podemos aprovechar los trayectos en transporte público, las salas de espera, los minutos antes de una reunión o el tiempo previo al inicio de una audiencia. La clave está en elegir la lectura de acuerdo con el espacio y el nivel de concentración que permite.

En el transporte, por ejemplo, quizá convenga llevar una novela, un ensayo breve o un texto que no exija demasiada concentración. Antes de una audiencia, en cambio, puede ser más útil revisar jurisprudencia, notas del expediente o algún material directamente relacionado con el asunto.

Muchas veces no dejamos de leer por falta absoluta de tiempo, sino porque ese tiempo se fragmenta entre notificaciones, mensajes y revisiones rápidas de redes sociales. Una interrupción de pocos segundos puede convertirse fácilmente en media hora de distracción (o más).

Al momento de leer, conviene silenciar el teléfono, dejarlo fuera de alcance o activar alguna modalidad que limite las notificaciones. También puede ayudar cerrar otras pestañas si estamos leyendo en una computadora o utilizar un dispositivo distinto al que usamos para trabajar.

No se trata de eliminar todas las distracciones de nuestra vida. Lo importante es crear pequeños espacios en los que nuestra atención esté concentrada en una sola actividad.

Hablar sobre lo que leemos puede hacer que la experiencia sea más interesante y ayudar a mantener el hábito. Compartir una recomendación, comentar una idea o preguntar a otras personas qué están leyendo abre nuevas conversaciones y nos permite descubrir libros que quizá no habríamos elegido por nuestra cuenta.

El hábito de la lectura no se construye con metas imposibles, sino con decisiones pequeñas que podamos sostener en el tiempo: apartar unos minutos al día, tener varias opciones para leer según nos sentíamos, aprovechar los tiempos para avanzar un poco, reducir las distracciones y compartir lo que leemos.

No se trata de leer todo, todo el tiempo, ni de convertir la lectura en una fuente de presión. Se trata de crear las condiciones para volver a ella con mayor frecuencia y permitir que, poco a poco, encuentre un lugar estable en nuestra vida cotidiana.

Y sí, también para que la próxima vez podamos decir que terminamos el libro… y, por supuesto, el expediente.


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