Que el miedo no decida
MBA para la abogacía
Ofrece una visión integral de cómo funciona una organización. Por eso aborda temas como liderazgo, finanzas, marketing, gestión de personas, innovación, negociación, estrategia, tecnología, análisis de mercado y toma de decisiones.
Por Mercedes Carbonell Peláez
Quiero ser completamente honesta desde el principio: el miedo a hacer cosas nuevas es común y no se supera tan fácil. A veces se queda, incluso cuando sabemos que queremos dar el siguiente paso. El chiste está en no dejar que nos paralice y encontrar cómo avanzar, incluso con miedo.
Quizá estamos pensando en volver a estudiar, cambiar de trabajo, iniciar un proyecto o aprender algo que siempre nos ha llamado la atención. Queremos intentarlo, pero aparecen las dudas: ¿y si no puedo?, ¿y si me equivoco?, ¿y si ya pasó mi momento? Antes de descartar la idea, podemos hacer algunas cosas para entender qué nos preocupa y decidir cómo comenzar.
- Hacer una lista de ventajas y desventajas. Cuando tenemos todas las preocupaciones dando vueltas en la cabeza, pueden sentirse enormes. Ponerlas en papel nos ayuda a ordenarlas y dimensionarlas, junto con lo que podríamos ganar si nos animamos. Algunas desventajas quizá sean menos graves de lo que imaginábamos; otras requerirán quizá requieran tiempo o apoyo para ser superadas. Al final, identificarlas nos permite pensar cómo atenderlas.
- Contárselo a alguien de confianza. Compartir lo que queremos hacer puede ayudarnos a convertir una intención en un compromiso más concreto. Podemos pedirle a esa persona que nos pregunte cómo vamos o acordar una fecha para contarle qué hemos avanzado. Saber que alguien dará seguimiento puede ser ese pequeño empujón que necesitamos cuando empezamos a encontrar demasiadas razones para dejarlo para después. Además, explicar nuestra idea en voz alta suele ayudarnos a aclararla.
- Buscar compañía para intentarlo. A veces ayuda hacer el reto con alguien más: inscribirnos al mismo curso, practicar una habilidad o reservar un espacio para trabajar en nuestros respectivos proyectos. Tener con quién compartir dudas, dificultades y pequeños logros puede hacer más llevadero el proceso. También podemos acordar cómo apoyarnos cuando a alguna de las personas le cueste mantener el ritmo.
- Hacer un plan que podamos ajustar. Definir los primeros pasos, los recursos necesarios y el tiempo disponible nos da una idea más clara de lo que implica el reto. Podemos empezar por preguntas sencillas: ¿qué necesito averiguar?, ¿qué puedo hacer esta semana?, ¿cuánto tiempo puedo dedicarle? Tener un plan nos da un punto de partida y nos permite anticipar algunas dificultades. Después habrá que ajustarlo, porque las cosas pueden salir de otra manera y, a veces, incluso mejor de lo que habíamos imaginado.
- Empezar poco a poco. Volver a estudiar después de diez, quince o veinte años puede resultar intimidante, sobre todo si estamos pensando directamente en una maestría. Podemos comenzar con un curso de tres horas o un congreso de ocho para ver cómo nos sentimos al regresar a clases. Después, quizá nos animemos a un diplomado de treinta horas, a varios o, eventualmente, a un posgrado. Cada experiencia nos ayudará a conocer nuestros intereses, nuestro ritmo y la forma de incorporar el estudio a la vida cotidiana. Así tendremos más elementos para decidir el siguiente paso.
El miedo no tiene que paralizarnos: puede acompañarnos y, a veces, hasta recordarnos cuánto nos importa lo que queremos hacer. Así que, si hay algo que queremos intentar (siempre que no sea ilegal ni demasiado peligroso), hagámoslo, aunque sea con miedo. Estoy segura de que nuestro yo del futuro nos lo va a agradecer.