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¿Puede la inteligencia artificial ayudarnos para mejorar las decisiones en la abogacía?

¿Puede la inteligencia artificial ayudarnos para mejorar las decisiones en la abogacía?

1er Congreso Nacional sobre IA para la Práctica Jurídica

Su enfoque permite comprender la IA de manera integral: como herramienta de apoyo, como fuente de nuevos riesgos y como una tecnología que exige nuevas competencias para ejercer el derecho.

Miguel Carbonell *

Abogado – Profesor – Escritor – Especialista en Derecho Constitucional

La inteligencia artificial puede ayudarnos a decidir mejor antes de redactar una demanda, recomendar un convenio o invertir en un nuevo servicio jurídico. Su utilidad aparece cuando amplía las alternativas que consideramos, organiza información relevante y somete nuestras propuestas a preguntas que quizá no habíamos formulado. Para aprovecharla, necesitamos incorporarla al proceso mediante el cual construimos y evaluamos una decisión.

En la práctica jurídica, una parte importante de los errores se origina antes de escribir el primer documento. Podemos delimitar mal el problema, elegir prematuramente una vía de actuación o ignorar un dato que modifica la conveniencia de nuestra recomendación. Una respuesta técnicamente bien redactada seguirá siendo insuficiente si responde a una pregunta equivocada.

Lo mismo ocurre en la dirección de un despacho. Decidir qué clientes atender, cómo cobrar, en qué especializarse o cuándo contratar exige valorar opciones y consecuencias. La IA puede servir como apoyo para ese trabajo, siempre que sus resultados se contrasten con información verificable y con el conocimiento profesional del asunto.

La experiencia facilita reconocer problemas, pero también puede llevarnos a repetir soluciones conocidas. Quien ha litigado muchos asuntos semejantes puede identificar rápidamente una vía procesal y concentrar desde ese momento todos sus esfuerzos en ella. El riesgo consiste en cerrar el análisis antes de examinar otras posibilidades.

Imaginemos que una empresa consulta a su abogado por el incumplimiento de un proveedor. Antes de recomendar una actuación, conviene esclarecer qué necesita recuperar, qué relación comercial desea conservar y qué consecuencias tendría prolongar el conflicto. Esas preguntas pueden conducir a alternativas distintas, cuya viabilidad dependerá del contrato, los hechos y las reglas aplicables.

La IA puede ayudar a construir un inventario inicial de opciones y a compararlas. Para ello necesita instrucciones concretas: identificar las restricciones, señalar la información faltante y explicar las condiciones que harían preferible cada alternativa. Si simplemente pedimos que proponga “la mejor estrategia”, corremos el riesgo de recibir una recomendación prematura con apariencia de certeza.

Una instrucción más útil sería solicitar varias rutas posibles, ordenarlas según los objetivos del cliente e indicar qué debe comprobarse antes de elegir. El abogado revisará cuáles tienen sustento jurídico y descartará las que parten de supuestos incorrectos.

La cantidad tampoco garantiza diversidad. Diez respuestas pueden ser variaciones de una misma idea. Debemos buscar alternativas que cambien de manera relevante el tiempo, los costos, el riesgo o la relación entre las partes. El valor del ejercicio se aprecia cuando revela una opción que merece investigación y que habríamos pasado por alto.

Una estrategia depende de la información disponible en un momento determinado. Puede perder sentido cuando aparece un documento, cambia la situación económica de una parte o se conoce un criterio relevante. Por eso conviene tratar el análisis como una herramienta de trabajo que se revisa conforme avanza el asunto.

En un expediente, la IA puede apoyar la organización de una cronología, vincular afirmaciones con documentos y señalar contradicciones pendientes de aclaración. Esa representación debe distinguir lo que una parte afirma, lo que consta en los materiales revisados y lo que todavía requiere comprobación. La fluidez de un resumen no convierte una alegación en un hecho acreditado.

En la gestión de un despacho, el mismo enfoque permite examinar la relación entre honorarios, tiempo dedicado y cobro efectivo. Un cliente que genera mucha facturación puede exigir tantas horas y revisiones que su contribución económica resulte menor de lo esperado. Para reconocerlo hacen falta registros adecuados, criterios de asignación de costos y un análisis que considere la calidad del servicio.

Los modelos de lenguaje pueden ayudar a interpretar información y formular hipótesis. Los cálculos deben realizarse y comprobarse con herramientas apropiadas. También es necesario definir cómo se incorporarán los nuevos datos: una herramienta sin conexión con fuentes actualizadas seguirá trabajando con información antigua, aunque produzca una respuesta reciente.

La pregunta práctica consiste en identificar qué cambios obligarían a revisar nuestra recomendación. Establecer esos puntos de revisión evita mantener una estrategia por inercia y permite explicar al cliente por qué una decisión razonable al inicio necesita modificarse.

En las reuniones profesionales, algunas ideas reciben menos objeciones por la posición de quien las propone. También puede ocurrir que un equipo comparta durante tanto tiempo la misma interpretación que deje de reconocer sus debilidades. Incorporar una revisión crítica deliberada ayuda a reducir ese problema.

Podemos pedir a la IA que examine una propuesta desde perspectivas distintas. En un asunto litigioso, una revisión puede buscar objeciones de la contraparte; otra, detectar vacíos en la relación entre hechos y pruebas; una tercera, evaluar si la solución propuesta satisface las necesidades del cliente.

Supongamos que estamos preparando una pretensión indemnizatoria. Además de solicitar apoyo para ordenar nuestros argumentos, podríamos pedir que se identifiquen los saltos inferenciales en la explicación del daño, las posibles objeciones sobre causalidad y las afirmaciones que carecen de respaldo en los documentos proporcionados. El resultado será útil si nos conduce a revisar el expediente o a preparar una respuesta mejor fundada.

Estas simulaciones tienen un alcance limitado. Un modelo que representa a un juez no anticipa de manera confiable una sentencia. Tampoco una contraparte simulada revela lo que piensa la persona real. Son ejercicios para descubrir preguntas y vulnerabilidades, sujetos a revisión profesional.

Además, varias respuestas generadas por el mismo modelo pueden reproducir los mismos errores. La coincidencia entre ellas no equivale a una corroboración independiente. Conviene contrastarlas con las fuentes y someter los puntos decisivos a una revisión humana que tenga libertad para discrepar.

El acceso a una herramienta de IA, por sí mismo, ofrece una diferenciación limitada. Muchos profesionales pueden utilizar sistemas semejantes. La capacidad de obtener resultados útiles depende en buena medida de la información disponible y de la forma en que se organiza el trabajo.

Un despacho acumula experiencia en documentos revisados, negociaciones, preguntas de clientes y dificultades de ejecución. Si esa información permanece dispersa, es difícil aprender de ella. Organizarla puede permitir reconocer cláusulas que generan controversias, errores recurrentes en la preparación de expedientes o explicaciones que ayudan al cliente a comprender una decisión.

La IA puede facilitar la consulta de ese conocimiento dentro de un entorno adecuado. Sin embargo, disponer de un archivo interno no autoriza a introducir todo su contenido en cualquier plataforma. Debemos determinar qué información puede utilizarse, con qué finalidad y bajo qué condiciones de acceso y conservación.

También importa la calidad del material. Incorporar documentos antiguos, versiones incompletas o conclusiones que nunca fueron verificadas puede extender errores a nuevos asuntos. Una base útil necesita responsables de revisión y referencias que permitan recuperar el documento del que procede cada respuesta.

La experiencia se convierte así en una capacidad de aprendizaje: las decisiones y sus resultados ayudan a mejorar los criterios aplicados al siguiente caso. Ese proceso requiere registro y revisión, además de tecnología.

El primer paso consiste en formular la decisión con precisión. “Mejorar el despacho” es una aspiración demasiado amplia. “Evaluar si conviene ofrecer asesoría laboral recurrente a un segmento de empresas” permite identificar información, alternativas y criterios de comparación.

Después hay que reunir los datos pertinentes y declarar los vacíos. Si desconocemos la demanda o el costo de atender el servicio, la IA puede ayudarnos a diseñar una investigación. Presentar estimaciones inventadas como información del mercado debilitaría todo el ejercicio.

Con esos elementos podemos generar alternativas y compararlas mediante criterios definidos de antemano. En una decisión empresarial, esos criterios podrían incluir inversión, capacidad del equipo, margen esperado y riesgo de incumplimiento. En un asunto jurídico, su selección dependerá de los objetivos del cliente y de las condiciones del caso.

La propuesta preferida debe pasar por una revisión crítica. Conviene preguntar qué tendría que ocurrir para que fracasara, qué supuestos son más frágiles y qué evidencia haría cambiar la recomendación. Después, una persona responsable debe decidir, explicar las razones y fijar cuándo se revisará el resultado.

Registrar ese proceso permite distinguir una mala decisión de un desenlace adverso. Una elección puede haber estado bien fundada y producir un resultado desfavorable por circunstancias inciertas. También puede ocurrir que una elección dé buen resultado pese a haberse tomado con información insuficiente. Aprender exige examinar el razonamiento y el desenlace.

La incorporación de IA exige desarrollar habilidades que van más allá de redactar instrucciones. El profesional debe saber delimitar problemas, seleccionar fuentes y reconocer cuándo una respuesta convincente carece de fundamento. También necesita explicar al cliente qué se conoce, qué se supone y qué permanece incierto.

En la enseñanza del derecho, esto puede traducirse en ejercicios que pidan comparar rutas de actuación, justificar la selección de una y señalar sus condiciones de revisión. Evaluar únicamente el documento final deja fuera una parte esencial del trabajo: las razones por las que ese documento debía elaborarse.

La responsabilidad profesional abarca el uso de las herramientas y la recomendación que finalmente se presenta. Cuando una decisión afecta derechos, patrimonio o relaciones personales, conviene poder reconstruir la información considerada y explicar por qué se eligió una vía.

La IA ofrece apoyo para explorar y cuestionar nuestras propuestas. Aprovecharlo requiere conservar una disciplina elemental de la buena abogacía: comprender el problema, comprobar los fundamentos y dar razones suficientes para la decisión.


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