Tres enfoques equivocados (y uno correcto) en la práctica del marketing legal
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Una de las principales dificultades para diseñar una estrategia de marketing jurídico eficaz no radica en la falta de herramientas, sino en la forma en que muchos abogados conciben su propia práctica profesional. Antes incluso de hablar de promoción, visibilidad o posicionamiento, es necesario preguntarse desde qué lógica se está ejerciendo el derecho.
En la práctica, los despachos y abogados suelen operar —a veces sin saberlo— bajo alguno de tres enfoques estratégicos básicos. Dos de ellos son incompletos y generan problemas recurrentes. El tercero, aunque más exigente, es el único que permite construir una práctica profesional sólida y sostenible en el tiempo.
1. El enfoque orientado a la producción: “ofrezco lo que sé hacer”
El primer enfoque consiste en centrar toda la estrategia del despacho en sus capacidades internas: lo que los abogados saben hacer, las materias que dominan, la experiencia acumulada y los recursos humanos disponibles. Desde esta lógica, el despacho define su oferta jurídica sin preguntarse demasiado si existe una demanda real, suficiente o dispuesta a pagar por esos servicios.
Este enfoque es comprensible, especialmente entre abogados con una fuerte formación técnica. El problema es que el mercado no siempre recompensa lo que el profesional considera valioso, sino lo que el cliente percibe como útil para resolver sus problemas concretos.
Un despacho puede estar extraordinariamente preparado en un área del derecho que hoy tiene poca demanda, o puede ofrecer servicios demasiado amplios y genéricos, difíciles de distinguir de los de la competencia. En estos casos, el marketing se convierte en un esfuerzo cuesta arriba: se intenta “empujar” al mercado una oferta que no necesariamente está siendo buscada.
El riesgo principal de esta orientación es la desconexión con la realidad del mercado.
2. El enfoque orientado a las ventas: “hay que conseguir clientes como sea”
En el extremo opuesto se encuentra el enfoque orientado a las ventas. Aquí, la prioridad es captar clientes rápidamente, cerrar asuntos y generar ingresos inmediatos. La estrategia gira en torno a convencer, persuadir y competir agresivamente, a menudo mediante descuentos, promesas implícitas o una sobreexposición comercial.
Este enfoque puede generar resultados en el corto plazo, pero suele ser frágil. Cuando el énfasis está exclusivamente en vender, se corre el riesgo de descuidar la especialización, la calidad del servicio y la gestión de expectativas del cliente. No es raro que, bajo esta lógica, se acepten asuntos para los que el despacho no está realmente preparado o que no encajan con su perfil profesional.
Además, una estrategia basada sólo en ventas tiende a atraer clientes sensibles al precio y poco leales, lo que obliga a repetir el esfuerzo de captación una y otra vez. El despacho entra así en una dinámica de desgaste permanente.
El riesgo aquí es la falta de sostenibilidad y de reputación a largo plazo.
3. El enfoque correcto: orientación al mercado
El enfoque más sólido —y también el más exigente— es el que se orienta al mercado. Esto no significa someter la práctica profesional a los caprichos del cliente, sino comprender con profundidad cuáles son sus necesidades reales, cómo evolucionan y de qué manera el despacho puede ofrecer soluciones jurídicas con verdadero valor añadido.
Una orientación al mercado implica recopilar información, analizar tendencias, observar a la competencia y, sobre todo, escuchar al cliente. A partir de ese conocimiento, el despacho diseña sus servicios, define su especialización, ajusta su estructura y construye su propuesta de valor.
Desde esta lógica, el marketing deja de ser una actividad externa o cosmética y se convierte en una forma de pensar la práctica jurídica. El despacho se pregunta no sólo qué hace, sino para quién lo hace, por qué lo hace y cómo puede hacerlo mejor que otros.
Confianza como eje central de la estrategia
La orientación al mercado tiene un efecto particularmente relevante en el ejercicio del derecho: permite construir confianza. Los clientes perciben cuando un abogado entiende su problema, anticipa sus preocupaciones y ofrece soluciones realistas, no promesas vacías.
En los servicios jurídicos, la relación rara vez es puntual. Los asuntos se prolongan, evolucionan y generan nuevas necesidades. Por eso, pensar en el cliente sólo como una transacción es un error estratégico. La orientación al mercado favorece relaciones profesionales de largo plazo, recomendaciones y reputación sólida.
Flexibilidad y adaptación
Otra ventaja clave de este enfoque es la capacidad de adaptación. El mercado jurídico cambia constantemente: reformas legales, nuevos criterios jurisprudenciales, innovaciones tecnológicas y transformaciones sociales abren y cierran oportunidades con rapidez.
Un despacho orientado al mercado está mejor preparado para identificar nuevos nichos, ajustar su oferta y redefinir su estrategia sin perder coherencia. No se trata de cambiar de rumbo cada año, sino de mantener una flexibilidad inteligente que permita evolucionar sin improvisar.
Pensar estratégicamente antes de promocionarse
La principal enseñanza de este análisis es clara: no tiene sentido hablar de marketing sin antes definir la orientación estratégica del despacho. Promocionar servicios mal definidos, vender sin especialización o insistir en lo que el mercado no demanda conduce, tarde o temprano, al estancamiento.
El marketing jurídico eficaz comienza con una decisión estratégica: dejar de pensar exclusivamente desde el despacho y empezar a pensar desde el mercado. Sólo a partir de ahí tiene sentido hablar de visibilidad, comunicación y posicionamiento.