Durante décadas, la abogacía se entendió —y en buena medida todavía se enseña— como una profesión eminentemente técnica. Saber derecho, dominar las leyes, conocer la jurisprudencia y argumentar con solvencia parecían condiciones suficientes para construir una práctica profesional exitosa. Bajo esa lógica, el mercado se encargaría de recompensar al buen abogado: los clientes llegarían solos,
