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La inteligencia artificial ya empieza a ser un requisito de empleabilidad para los abogados

La inteligencia artificial ya empieza a ser un requisito de empleabilidad para los abogados

1er Congreso Nacional sobre IA para la Práctica Jurídica

Su enfoque permite comprender la IA de manera integral: como herramienta de apoyo, como fuente de nuevos riesgos y como una tecnología que exige nuevas competencias para ejercer el derecho.

Miguel Carbonell *

Abogado – Profesor – Escritor – Especialista en Derecho Constitucional

Durante años se habló de la inteligencia artificial como una tecnología que algún día transformaría el ejercicio profesional del derecho. Ese futuro ha comenzado a llegar. La señal más importante no está solamente en la proliferación de herramientas jurídicas basadas en inteligencia artificial ni en el creciente número de despachos que experimentan con ellas. Está apareciendo en un lugar mucho más concreto: las ofertas de empleo para abogados.

Empresas y organizaciones que contratan profesionales jurídicos empiezan a pedir familiaridad con herramientas de inteligencia artificial, automatización, LegalTech y diseño de procesos. Todavía no se trata de un requisito universal, pero la dirección del mercado resulta cada vez más clara: conocer el derecho seguirá siendo indispensable, pero para determinados puestos ya no será suficiente.

Estamos asistiendo al surgimiento de un nuevo perfil profesional: el abogado aumentado por la tecnología.

Durante décadas, la empleabilidad de un abogado se construía principalmente sobre un conjunto relativamente estable de atributos: una buena formación jurídica, capacidad de investigación, dominio de la escritura, experiencia práctica, conocimiento de determinada especialidad y, en algunos mercados, manejo del inglés.

Todos ellos continúan siendo fundamentales. Lo que cambia es que ahora se añade una nueva capa de competencias.

El abogado empieza a tener que saber utilizar tecnología para trabajar mejor.

No significa convertirse en programador. Significa ser capaz de entender qué puede automatizarse, utilizar correctamente herramientas de inteligencia artificial, verificar sus resultados, integrar esas herramientas dentro de un flujo profesional y reconocer cuándo una tarea requiere necesariamente juicio jurídico humano.

Algunas vacantes recientes en México permiten observar la transformación.

Una posición de Legal Counsel en la empresa A, en Ciudad de México, solicita expresamente familiaridad con herramientas de Legal AI y tecnologías jurídicas emergentes, además de participación en la implementación de esas herramientas dentro de la función jurídica.

La empresa mexicana B, por su parte, busca que su área legal identifique y desarrolle mejoras de procesos mediante herramientas de inteligencia artificial y automatización para hacer más eficientes los flujos contractuales y la investigación jurídica.

Una posición de Legal Counsel en C combina contratación, protección de datos y gobernanza de inteligencia artificial, y exige trabajar de manera transversal con áreas de producto, ingeniería, seguridad, compliance y compras.

También aparecen empresas de servicios jurídicos como D, que se presentan directamente como organizaciones jurídicas potenciadas por IA y buscan abogados capaces de trabajar con herramientas propias de automatización, mejorar playbooks contractuales y colaborar incluso con equipos de producto e ingeniería.

El mensaje detrás de estas ofertas es particularmente relevante: la tecnología empieza a formar parte de la descripción ordinaria del trabajo jurídico.

Hay una segunda transformación que conviene entender.

En las primeras etapas de adopción de la inteligencia artificial, la habilidad valorada podía resumirse en saber utilizar ChatGPT o redactar buenos prompts. Esa etapa está quedando atrás.

Lo que empiezan a demandar las organizaciones es algo mucho más sofisticado.

Un profesional jurídicamente competente en inteligencia artificial debería poder, por ejemplo:

  • identificar qué tareas de un proceso jurídico pueden automatizarse;
  • proporcionar contexto adecuado a un sistema de IA;
  • verificar jurídicamente sus resultados;
  • diseñar instrucciones reutilizables;
  • construir flujos de trabajo asistidos por IA;
  • analizar grandes cantidades de documentos;
  • mejorar procesos contractuales;
  • utilizar sistemas de gestión del conocimiento;
  • reconocer riesgos de confidencialidad y protección de datos;
  • establecer mecanismos de supervisión humana;
  • colaborar con departamentos tecnológicos;
  • evaluar herramientas y proveedores.

Thomson Reuters en un informe sobre el ejercicio profesional de la abogacía describe precisamente esta evolución. En agosto de 2026 señalaba que la diferencia relevante ya no se encuentra entre quienes “usan” o “no usan” inteligencia artificial, sino entre quienes simplemente interactúan con una herramienta y quienes saben plantear correctamente el problema, contextualizarlo, evaluar las respuestas y convertir los resultados en workflows reutilizables.

Ésa probablemente será una de las divisiones profesionales más importantes de los próximos años.

La transformación no afecta únicamente a quienes buscan trabajo. También modifica el mercado de servicios jurídicos.

La investigación más reciente de ese mismo informe de Thomson Reuters indica que el uso organizacional de inteligencia artificial generativa en los servicios profesionales prácticamente se ha duplicado: 40% de los profesionales encuestados señaló que su organización ya la utiliza, frente a 22% un año antes. Más de 90% de quienes actualmente la utilizan considera que terminará formando una parte central de sus flujos de trabajo dentro de cinco años.

En los despachos jurídicos, la presión procede simultáneamente de tres direcciones.

Primero, los clientes empiezan a esperar que sus abogados utilicen la tecnología para trabajar de forma más eficiente. Dos terceras partes de los profesionales jurídicos corporativos encuestados por Thomson Reuters quieren que sus firmas externas utilicen inteligencia artificial.

Segundo, los propios abogados comienzan a valorar el acceso a herramientas profesionales de IA como parte de las condiciones de trabajo. El informe Future of Professionals 2026 señala que una proporción significativa de profesionales rechazaría incluso una oferta laboral si la organización no proporcionara acceso a herramientas avanzadas de inteligencia artificial.

Y tercero, la economía de los servicios jurídicos está cambiando. Si determinadas investigaciones, revisiones documentales, comparaciones contractuales o primeros borradores pueden realizarse en una fracción del tiempo tradicional, los clientes terminarán preguntando no solamente cuánto tiempo trabajó el abogado, sino qué valor produjo.

La transformación tecnológica conduce así a una transformación del talento.

La respuesta exige evitar tanto el alarmismo como la complacencia.

La inteligencia artificial probablemente eliminará algunas tareas jurídicas, pero no necesariamente profesiones completas. El cambio más inmediato consistirá en reorganizar quién realiza cada actividad y cuánto tiempo se dedica a ella.

Una parte considerable del trabajo realizado históricamente por abogados jóvenes —búsqueda documental, elaboración de resúmenes, revisión contractual, organización de información y preparación de primeros borradores— puede acelerarse mediante inteligencia artificial.

Esto produce una paradoja importante.

Esas tareas eran al mismo tiempo trabajo productivo y mecanismos de aprendizaje profesional. A través de cientos de horas revisando expedientes, investigando precedentes y elaborando documentos, los abogados jóvenes desarrollaban criterio.

Si la tecnología asume una parte creciente de ese trabajo, las organizaciones y las universidades deberán encontrar nuevas formas de desarrollar ese juicio profesional.

Thomson Reuters advierte precisamente de este riesgo: muchos profesionales consideran que la IA puede afectar negativamente el desarrollo del juicio independiente de los abogados jóvenes.

Por ello, la formación jurídica tendrá que enseñar simultáneamente dos capacidades que podrían parecer contradictorias:

utilizar más tecnología y pensar jurídicamente mejor.

La consecuencia para estudiantes y profesionales es clara.

La capacitación tecnológica debería dejar de verse como un complemento extracurricular reservado para abogados interesados en innovación. Comienza a formar parte de la empleabilidad básica en ciertos segmentos del mercado.

Un abogado competitivo debería desarrollar al menos cinco grupos de competencias.

1. Dominio jurídico sólido

La inteligencia artificial no sustituye el conocimiento jurídico. Al contrario: cuanto más poderosa sea la herramienta, mayor será la necesidad de detectar errores, verificar fuentes, identificar excepciones y comprender las consecuencias jurídicas de una respuesta.

Quien no domina el derecho tiene más dificultades para saber cuándo la inteligencia artificial se equivoca.

2. Alfabetización en inteligencia artificial

Un abogado debe comprender qué puede hacer un modelo de IA, cuáles son sus límites, por qué puede producir información falsa y qué clase de tareas pueden delegarse con un nivel razonable de seguridad.

3. Diseño de procesos

Las organizaciones valorarán cada vez más al profesional capaz de preguntar:

¿cómo podemos hacer este trabajo mejor?

Eso implica identificar tareas repetitivas, crear plantillas, diseñar playbooks, establecer flujos de revisión y automatizar actividades de bajo valor.

4. Verificación y supervisión

La habilidad más importante quizá no sea obtener una respuesta mediante IA, sino evaluarla.

El profesional debe poder verificar citas, contrastar jurisprudencia, revisar cálculos, detectar omisiones, identificar sesgos y asumir responsabilidad por el producto final.

5. Criterio y comunicación

Paradójicamente, cuanto mayor sea la automatización, más valiosas serán algunas capacidades profundamente humanas: juicio estratégico, negociación, empatía, explicación de riesgos, comprensión del cliente y toma de decisiones bajo incertidumbre.

Todo esto plantea una pregunta fundamental para las instituciones de educación jurídica:

¿estamos formando abogados para el mercado profesional que existía hace diez años o para el que encontrarán durante los próximos diez?

Una facultad de derecho ya no debería limitarse a enseñar inteligencia artificial mediante una conferencia aislada o una materia optativa.

La IA tendrá que aparecer progresivamente en investigación jurídica, redacción, contratos, litigación, compliance, derecho corporativo, protección de datos, propiedad intelectual y gestión de despachos.

Pero tampoco sería suficiente enseñar simplemente a utilizar herramientas.

Los estudiantes deberían practicar con problemas reales: revisar un contrato con asistencia de IA, analizar cientos de páginas de un expediente, construir una cronología, elaborar un playbook, verificar una investigación jurisprudencial, detectar errores de una respuesta automatizada y defender oralmente por qué determinada conclusión es jurídicamente correcta.

El objetivo no consiste en formar abogados dependientes de la inteligencia artificial.

Consiste en formar abogados capaces de dirigirla, supervisarla y utilizarla responsablemente.

Durante mucho tiempo, hablar de inteligencia artificial en la abogacía podía considerarse una conversación sobre el futuro.

Ya no.

Cuando una oferta laboral para un abogado en México menciona expresamente Legal AI, automatización, gobernanza de IA o utilización de herramientas tecnológicas para mejorar procesos jurídicos, estamos ante una señal concreta de transformación del mercado laboral.

No significa que mañana todos los puestos jurídicos exigirán esas competencias. Pero sí indica hacia dónde se desplaza la frontera de la empleabilidad.

El abogado de los próximos años seguirá necesitando conocer normas, precedentes y técnicas jurídicas. Seguirá necesitando argumentar, escribir, negociar y ejercer criterio profesional.

Pero tendrá una ventaja cada vez mayor quien además pueda demostrar algo más:

que sabe utilizar la inteligencia artificial para prestar servicios jurídicos de mayor calidad, con mayor velocidad, mejores controles y menor costo, sin renunciar al juicio profesional ni a la responsabilidad que caracterizan a la buena abogacía.

Ése ya no es solamente un perfil atractivo para el futuro.

Empieza a ser el perfil que algunos empleadores están buscando hoy.


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