Adiós a las excusas:
responsabilidad personal y madurez profesional en la abogacía
1er Congreso Nacional sobre Derecho de Daños
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En el ejercicio profesional del derecho, pocas cosas resultan tan corrosivas como la cultura de la excusa. No se trata de un fenómeno exclusivo de la abogacía sin duda alguna, pero en contextos institucionales complejos como el mexicano adquiere una presencia particularmente persistente.
Frente a los obstáculos reales que no podemos ni debemos negar —abundan la ineficiencia judicial, la saturación de los tribunales, la corrupción, la competencia desmedida— muchos abogados desarrollan un discurso justificatorio que termina por sustituir a la responsabilidad personal y al esfuerzo profesional.
Decir adiós a las excusas no implica negar la existencia de problemas estructurales ni minimizar las dificultades objetivas del entorno. Implica, más bien, asumir que ninguna de esas circunstancias exonera al abogado de su deber de actuar con rigor, disciplina y compromiso. La madurez profesional comienza cuando se abandona la búsqueda de culpables externos y se asume el control sobre las propias decisiones.
El “sistema” como coartada permanente
Una de las excusas más recurrentes en la abogacía mexicana consiste en atribuir los fracasos profesionales al llamado “sistema”. El sistema judicial no funciona, las autoridades son ineficientes, los jueces están rebasados o mal preparados. Todo ello puede ser cierto en muchos casos y tenemos evidencia suficiente para acreditarlo. El problema surge cuando esta descripción se convierte en una coartada para justificar la falta de preparación, la improvisación o la mediocridad profesional.
El abogado dispuesto a ser excelente entiende que el sistema no va a cambiar para adaptarse a sus expectativas. Es él quien debe aprender a operar dentro de sus límites, anticipar sus deficiencias y diseñar estrategias jurídicas realistas. Culpar al sistema puede aliviar momentáneamente la frustración, pero no genera soluciones ni mejora el desempeño profesional.
Salud, edad e inteligencia: falsas justificaciones
Otras excusas habituales se relacionan con factores personales como la salud, la edad o la supuesta falta de inteligencia. Se escucha con frecuencia que no se puede avanzar profesionalmente por problemas de salud, por ser demasiado joven o demasiado viejo, o por no contar con una inteligencia excepcional.
Estas justificaciones, aunque comprensibles desde una perspectiva humana, se vuelven problemáticas cuando se utilizan como explicación definitiva del estancamiento profesional. La experiencia demuestra que la actitud, la disciplina y la constancia suelen ser mucho más determinantes que las condiciones físicas, la edad cronológica o el talento intelectual bruto.
En la abogacía, como en muchas otras profesiones, la excelencia rara vez es producto de genialidades aisladas. Es el resultado de un trabajo prolongado, de una mejora gradual y de la capacidad de adaptarse a las circunstancias sin renunciar al esfuerzo.
La excusa de la mala suerte
La apelación a la mala suerte constituye otra forma de eludir la responsabilidad personal. Se afirma que las oportunidades no llegan, que los clientes adecuados no aparecen o que los casos “buenos” siempre le tocan a otros. Este tipo de razonamiento ignora un hecho fundamental: en el ámbito profesional, la llamada suerte suele ser la consecuencia de la preparación, la visibilidad y la constancia.
Los abogados que desarrollan competencias sólidas, construyen redes profesionales legítimas y mantienen estándares elevados de trabajo tienden, con el tiempo, a generar mejores oportunidades. Atribuir el propio estancamiento a la mala fortuna es, en realidad, una forma de renunciar al control sobre la propia carrera.
Responsabilidad individual y toma de decisiones
La abogacía es una profesión que exige asumir decisiones constantemente: qué asuntos aceptar, qué estrategias seguir, cuánto tiempo invertir en formación, con quién asociarse profesionalmente. Cada una de estas decisiones tiene consecuencias acumulativas que moldean la trayectoria profesional.
La cultura de la excusa diluye la conciencia de esta responsabilidad. En lugar de evaluar críticamente las propias decisiones, se busca explicar los resultados en función de factores externos. El abogado maduro, en cambio, analiza sus elecciones, reconoce errores y ajusta su rumbo cuando es necesario.
Esta actitud no implica autoflagelación ni rigidez. Supone, simplemente, asumir que la carrera profesional es una construcción deliberada, no un producto del azar ni de las circunstancias.
Madurez profesional y abandono del victimismo
El victimismo es una manifestación extrema de la cultura de la excusa. El abogado que se percibe permanentemente como víctima del sistema, de los clientes o de sus colegas termina por adoptar una postura pasiva y defensiva. Esta actitud no solo limita su crecimiento profesional, sino que afecta la calidad del servicio que presta.
La madurez profesional exige abandonar el victimismo y adoptar una postura activa. Esto implica identificar áreas de mejora, invertir en formación continua, buscar mentorías y rodearse de entornos profesionales exigentes. No se trata de negar las dificultades, sino de enfrentarlas con una mentalidad orientada a la acción.
El impacto de las excusas en la ética profesional
La cultura de la excusa no solo afecta el desempeño individual; también tiene implicaciones éticas. Cuando el abogado justifica prácticas cuestionables en nombre de un sistema defectuoso o de circunstancias adversas, se debilita la integridad de la profesión.
Aceptar atajos, tolerar irregularidades o relajar estándares profesionales bajo el argumento de que “así funciona el sistema” constituye una forma de renuncia ética. La responsabilidad personal implica, precisamente, resistir esa lógica y sostener principios aun cuando ello resulte más difícil o menos rentable en el corto plazo.
Construir una carrera sin excusas
Construir una carrera jurídica sólida exige abandonar la comodidad de las excusas y asumir una disciplina sostenida. Esto incluye planificar el desarrollo profesional, definir objetivos realistas y evaluar periódicamente los avances. La excelencia no se alcanza de manera súbita, sino a través de mejoras graduales y decisiones coherentes.
El abogado que renuncia a las excusas gana algo más valioso que el éxito inmediato: recupera el control sobre su trayectoria profesional. Esa sensación de agencia es fundamental para mantener la motivación y el compromiso a largo plazo.
Conclusión
Decir adiós a las excusas es un paso indispensable hacia la madurez profesional en la abogacía. En un entorno jurídico complejo y desafiante, la responsabilidad personal se convierte en el principal activo del abogado. Asumirla no garantiza el éxito en todos los casos, pero sí permite construir una carrera coherente, ética y sostenible. El abogado que abandona el discurso justificatorio y asume su papel como protagonista de su desarrollo profesional no solo mejora su desempeño individual, sino que contribuye a dignificar el ejercicio del derecho en su conjunto.